Las calles de asfalto y acoso

Autora Lissa Feng.

En pleno 2017 es difícil asimilar que existe gente que piensa que el acoso callejero no es real o no es un problema tan grave, que es producto de nuestra imaginación dramática como mujeres. Lo anterior solo me reafirma que la forma de violencia más normalizada que existe es el acoso callejero.

Es normalizada cada vez que se le llama exagerada a una mujer por sentir temor de caminar en la calle a partir de cierta hora. Al igual que es normalizada cada vez que se tratan de desacreditar las historias de miles de mujeres sobre sus experiencias de violencia verbal y física en las calles. Y a pesar de que tengo claro en mi mente que esta no es una problemática exclusiva de las mujeres, no puedo evitar que me recuerden a diario que las calles siempre serán distintas para una mujer.

Me lo recuerdan cada vez que salgo de mi casa en falda o vestido, y siempre tengo que llevar conmigo una mudada para cambiarme si planeo regresar tarde, por temor, y no al frío precisamente, de andar con las piernas descubiertas en la noche.

Me lo recuerdan cada vez que el chofer de un carro le pita a muchacha, y de paso como si fuera algún tipo de promoción que ella nunca pidió, incluye alguna vulgaridad gritada para acompañar la bocina del carro.

Me lo recuerdan  cada vez que leo en las noticias sobre la violación de alguna mujer, y veo como aquella mujer en cuestión de días pasa de ser una víctima a una cifra más de una estadística.

Me lo recuerdan cada vez que camino sola en la calle por la noche con las llaves entre los dedos como una especie de arma, rezando silenciosamente por mi seguridad y acelero el paso cuando cruzo a la par de un grupo de hombres.

Me lo recuerdan cada vez que me siento impotente al no poder responder a alguna frase vulgar por temor a que la situación escale a una más peligrosa, y me vuelva una estadística más y una noticia próxima a olvidar en la sección de sucesos del periódico.

Me lo recuerdan cada día que pongo un pie fuera de la casa, y mi dignidad es herida por palabras y acciones.

Pero me niego, al igual que todas las mujeres deberíamos, a pensar que las calles no fueron hechas para mí, y quedarme escondida en la seguridad de mi hogar. Al igual que me niego a aceptar que me tachen como la culpable de mi acoso, o como la que se lo busca por ser una mujer callejera. Porque mi género no debería delimitar mi vida ni el cómo deseo vivirla. Mi condición como ser humano debería ser razón suficiente para que me respeten, pero quizás al nacer como mujer en este mundo no todos recuerden esto.

Finalmente, quiero que estas palabras sean una invitación abierta para que todos indiferentemente de nuestro género, nos eduquemos más y contribuyamos a formar una sociedad y calles más seguras y respetuosas, especialmente para sus madres, hijas, hermanas, primas, amigas, y cualquier otra mujer que valoren en sus vidas. Calles donde ellas no se vean obligadas a caminar con la mirada baja y el corazón en la mano cada vez que salen solas. Denunciemos el acoso callejero como lo que es: un acto de violencia.

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